viernes, 3 de julio de 2015

Un día más



A veces, cuando estábamos juntos, nos miraba al espejo mientras nos abrazábamos, como si se pudiera contener en una imagen la felicidad, como si al retener en la memoria la silueta de esos dos cuerpos desnudos se anulara toda posibilidad de fundirse en el olvido, como si ya nada pudiera separarlos para el resto de sus vidas, ni siquiera la muerte, y la piel siguiente tuviera que estar condenada a sentir los resquicios del otro tacto.


Y sin embargo, sólo una imagen, un cuerpo yerto preguntándose por otro cuerpo y el paso del tiempo.
                                                                                                                                  
                                                                                                                    Lena Carrilero





Ya era demasiado tarde.
la última vez que mis manos le pidieron que se desnudase como si aun nos quedara tiempo.

Ya era demasiado tarde
la primera vez en que mordió mis labios hasta hacerme conocer lo que es el dolor.

Ya era demasiado tarde
en todas las ocasiones en que su mísera presencia hacia palpitar mi estomago.

Ya era demasiado tarde
incluso mucho antes de que mi aliento se cortase al jugar con sus pupilas.

Yo llegue tarde y nunca quise darme cuenta.
O será que ella siempre supo cómo quebrar cualquier puntero que dijese lo contrario.


Porque había veces
en que el ocaso jugaba con mis ojos en su piel con la luz que atravesaba los orificios de las persianas
y su pelo negro lamía mis hombros con la misma delicadeza con la que se sostiene entre los dedos un cristal roto.
Y yo solo podía observarla con la misma incertidumbre que despierta una cerilla sobre el asfalto de una gasolinera.

Había veces
en que eran eternos los días de cinco minutos frente a sus ojos en cualquier portal
y noches en las que ningún silencio estaba a la altura de nuestro poético insomnio.

Había veces
en que podría haber masticado esa pizca de hiel con la que ella adornaba cada paso que dábamos hacia atrás,
en las que no podía ofrecerme otra cosa que no fuese su corazón envuelto en hielo y piedra.
Como si acaso yo no supiese de sobra
que la venda  con la que cegaba mis ojos era de sus propias heridas.

Había tardes
en que el ras de su falda estaba a la altura del sol.
Las abejas recolectaban miel en las flores que se colocaba en el pelo,
volvían a crecer crisálidas en mi estomago
y mis ojos escupían mariposas
mientras ella ponía todo perdido con el carmín de sus labios.

Hubo cientos de veces en las que intenté explicarle
que esa escala de grises con la que pintaba todo lo que tocaba
no era suficiente como para emborronar los horizontes que ella había abierto.

Intenté explicarle que si se marchaba
cientos de heridas  que nadie sabría cerrar quedarían abiertas,
que cientos de estigmas quedarían en mis manos después de escribir nuestra historia.
Que la seguiría esperando aunque le dijese que no,
que solo le bastaría mirarme a los ojos de nuevo para volver al principio
si, quien sabe, se arrepentía algún día.

La verdad
no hubiese sabido con certeza cuando la amaba de cuando esperaba que ella lo hiciese.
Podría decirse
que mis manos solo resbalaban por su piel
mientras la suyas conseguían arrancarme hasta los últimos suspiros de la boca
para acabar susurrando las pequeñas laceradas frases de cada amanecer:

Aun no es tarde.

           Quédate,
al menos,
  un día más.  



                        

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